Las primeras horas en la calle habían sido las peores, intentando acostumbrarse a la ropa que le picaba, al olor que parecía perseguirlo justo detrás suyo pero que sabía venía de él, y a no poder negarse a nada que Chivo le dijera que hiciera porque temía que alguien sospechara. Intentó no hablar a no ser que fuera estrictamente necesario, porque sabía que su voz, su tono, su acento, y todo él, estaba fuera de lugar e intentar emular a su compañero de aventura parecía de mal gusto.
Caminaron varias cuadras alrededor del lote, que era en donde varias fábricas e incluso camiones de la basura tiraban plástico y otros reciclables para que esas personas clasificaran y aprovecharan lo que dejaban. Alberto quiso saber por qué no hacían el trabajo los mismos que tiraban esos materiales, y supuso que no les importaba tanto como el estorbo y trabajo extra que podría darles.
De vez en cuando Chivo ofrecía ayudarle con la organización de los plásticos que le pasaba, y por temor de llevarle la contraria y recibir una reacción que lo delatara, dejaba que este reorganizara todo lo que acababa de hacer. A la tercera noche entendió que, aunque parecía un trabajo fácil, requería de organización para poder negociar la venta de los plásticos, y en eso Alberto no tenía ni el más mínimo conocimiento.
La luz del sol comenzaba entonces a ponerse en ese primer día, y Alberto no podía evitar angustiarse, no solo por lo que venía sino por lo poco que había logrado hasta entonces. Su mayor razón de orgullo era haber soportado esa ropa encima suyo por tanto tiempo y dejar de pensar solamente en el olor putrefacto que lo rodeaba, y del cual estaba seguro que ya hacía parte.
Antes de que el atardecer terminara, Chivo le indicó que le cargara los plásticos —en otro momento Alberto hubiera discutido por parecer el sirviente— para llevarlos, una parte a la venta, y el resto dejarlos para el cambuche de la noche.
—¿Se queda solo con lo del cambuche siempre? —le preguntó Alberto mientras caminaban por la mitad de una calle.
—Solo con lo que no me compran.
Chivo estaba siendo más tajante que de costumbre, Alberto no quiso indagar más.
Los camiones que vio Alberto no tenían ningún tipo de señalización que indicara a qué empresa pertenecían, o quienes eran las personas que los manejaban y montaban una compra-venta en las partes traseras. Los recicladores se amontonaban y a Alberto le tocaba levantar un poco más su cabeza para recibir aire fresco mientras luchaba por no separarse de Chivo. Las voces se hacían cada vez más fuertes, y una vez llegaron al frente de la multitud, Alberto comenzó a examinar los rostros de las personas que hablaban con Chivo. La mayoría tenían cara de hampones, y hablaban con términos para intentar sonar letrados aunque los estuvieran usando mal. Ninguno se percató de la presencia de Alberto, quien solo se limitó a pasarle los plásticos a Chivo una vez este le hizo una seña —mirándolo a los ojos y levantando su cabeza.
¿Qué podía asegurarle a Alberto que ninguno de estos hombres fuera El Aviador? La única respuesta lógica era el no tener que robarle nada a Chivo si tenía con qué comprarle. Se sintió estúpido siquiera por hacerse esa pregunta, por lo que decidió salir de la multitud y esperar a Chivo en un lado, mientras intentaba planear lo que vendría.
Nada.
Su cabeza no le daba señales diferentes a las de la incertidumbre. Se limitó a existir, esperando que fuera Chivo quien le dijera lo que pasaría luego. Lo único que tuvo conciencia para hacer fue tocarse el cuerpo en los lugares donde había guardado su teléfono, la grabadora, la libreta, y su billetera. Todo seguía ahí.
Chivo demoró poco más de quince minutos en encontrarlo, y arrastrarlo de uno de los brazos. Alberto no puso resistencia.
—Ese pirobo no va a aparecer hoy, al final me compraron todo y me toca buscar dónde quedarme. O el andén.
Alberto respiró profundo y supo que su tiempo allí se había acabado ese día.
—Mañana vuelvo, en el mismo lugar.
Alberto no supo si se lo dijo a Chivo solamente o también a sí mismo, como un acto de confirmación de lo que no tenía vuelta atrás. Esa noche Chivo no le había pedido nada a cambio todavía, y Alberto pudo irse tan rápido como pudo. Ni un gracias, ni un adiós; sólo una separación de caminos como si jamás se hubieran conocido.
Decidió subirse a un bus, no tenía la cara para subirse a un taxi aunque pudiera pagarlo. Además, ¿quién iba a pararle en la calle con esa ropa, con ese olor?
Alberto ya no tenía energía para seguir en modo alerta, así que en el bus a su casa se sentó en la parte trasera, la silla más alejada que encontró, y se dejó vencer contra la ventana esperando para por fin entrar a su ducha y quedarse a vivir debajo del agua hasta que se llevara todo lo que había sentido ese día.
Los días continuaron pasando sin mayores novedades. Después del primero, Alberto siguió colocándose la misma ropa —aunque la lavó para quitarle todo lo que podía imaginarse podía tener, y a cambio la manchó con carbón y todo lo que encontró en su apartamento que pudiera darle un aspecto viejo y descuidado sin que oliera a putrefacción— y pasó gran parte de las noches con Chivo, quien lo llevó a recorrer calles que no sabía siquiera que existían en Bogotá. Los días llegaban a su final una vez Chivo le decía que se iba a dormir o a su cambuche, dependiendo de las ventas de ese día; Alberto sabía que su límite era pasar la noche intentando dormir en un lugar así.
Andrés le había ayudado a contratar a un taxista que lo recogiera donde necesitara, tan solo con hacer una llamada. Alberto no quiso explicarle mucho, solo le pidió que le diera una red de seguridad, y que una vez terminara todo le contaría lo que había tenido que hacer. Andrés incluso le pidió a Sandra que pasara al teléfono para ayudar a convencer a Alberto de que le contara todo lo que estaba haciendo, y ni la preocupación de su esposa fue suficiente para que Alberto revelara siquiera un atisbo de información. Tan solo pudo asegurarles en múltiples ocasiones de que nadie lo estaba forzando a nada, y que por favor no intentaran detenerlo porque lo que menos quería era colocarlos en riesgo. Andrés accedió, no solo a ayudarle a conseguir al taxista, sino también a que retirara de una de las cuentas de Alberto una suma de dinero que le permitiera pagar por la ayuda que estaba recibiendo. No mencionó a Chivo, pero Andrés sugirió involucrar a uno de sus amigos de la universidad que estaba rodeado de políticos y que a cambio agradecería que Andrés colocara en el radar del periódico alguna de las cosas que estaban haciendo como propaganda camuflada.
Para Alberto no era tan extraño que Andrés conociera a tantas personas, desde que lo conocía había entendido que gran parte de sus movimientos sociales involucraban lo que le convenía: recibir dinero por debajo, así en el periódico nunca recibiera un ascenso. Al principio eso había molestado a Alberto, pero con el tiempo había entendido que todo lo hacía por su familia así eso nunca lo fuera a llevar a ser millonario.
Fue así que Alberto pasó cuatro noches fuera de su casa, y regresó en todas ellas no antes de las tres de la mañana. El taxista siempre contestaba, y Alberto solo tenía que preocuparse por subir a su apartamento a sacar el dinero de la carrera y pagarle en la calle ante la vista del celador de su edificio, quien no le preguntaba por su ropa pero con solo verlo le decía todo lo que imaginaba.
Fue en la quinta noche que Alberto sintió el peso del cansancio y sobre todo la carencia de avances para encontrar a ese hombre que parecía atormentarlo todos los días pero nunca se dejaba ver fuera de su cabeza. Y esta le estaba jugando una mala pasada, por un lado parecía haberse acostumbrado al ambiente en el que estaba participando, pero cada vez que lo pensaba más allá de seguir a Chivo, sentía un escalofrío que le bajaba por toda la columna. No podía dejar de preguntarse si en algún momento las personas como Chivo realmente se acostumbraban a todo lo que estaba viendo, o si las drogas les permitían desconectarse de todos esos pensamientos.
Y era ese el mayor problema después de casi una semana allí, el hecho de que las drogas no parecían tener un final. Cada vez que Chivo usaba —lo cual se hacía evidente hacia el final del día— Alberto sentía la urgencia de irse cuanto antes. No quería imaginar lo que podía pasar después.
Sin embargo, ese día Chivo se había mostrado particularmente conversador con Alberto —cosa que no había pasado antes— pues su comunicación no iba más allá de las órdenes y comentarios sueltos. Alberto se había concentrado tanto en sus alrededores y en no salir corriendo de allí, que no se le cruzó por la cabeza al menos intentar indagar por lo que Chivo le iba a pedir si las cosas salían bien. Ese día le contó a Alberto sobre su mamá, quien ya no le contestaba el teléfono desde hacía seis meses, y cómo el perro que lo había acompañado por dos años se lo había llevado otro habitante de calle una noche como pago por la droga que le estaba robando. Chivo no le contaba con tristeza, o al menos no parecía, sino que parecía reafirmarse a sí mismo que contra toda adversidad seguía ahí ganándose la vida, como le tocara.
—¿Hace cuánto llegó usted aquí? —finalmente le preguntó Alberto.
—Seis años desde la primera vez. Por eso mi cucha ya no aguantó más.
—¿Y siempre ha hecho esto?
—Yo comencé vendiendo perico. Pero se bajaron al tipo que repartía.
Alberto no supo qué decir.
—Y ya de ahí me la he pasado en estas. A veces me llaman para hacer mandados.
—¿Y si El Aviador lo conoce por eso? —preguntó Alberto.
—Yo qué voy a saber.
—¿No le da miedo?
—¿Qué? Si ese pirobo solo puede quitarme plásticos y ya.
Alberto sabía que era la oportunidad de indagar más, y esta parecía la oportunidad perfecta. Quería entenderlo, así nunca más lo volviera a ver cuando toda esa aventura terminara. ¿Era malo que lo viera como una aventura? Lo meditaría después. Ahora era momento de preguntar. Encendió su grabadora nuevamente sin que Chivo se diera cuenta y se acomodó en el andén, sin importarle que cada vez se le hiciera más tarde para volver a su casa.
—¿Qué estaría haciendo si no estuviera acá?
Chivo no lo miraba a los ojos en ese momento, estaba arreglando el cambuche.
—Mi mamá quería que yo arreglara carros.
—¿Y usted?
—Yo qué voy a saber. Todos mis amigos del colegio salieron disque a cumplir sus sueños y yo solo quería andar por la calle mirando qué hacer.
—¿Vivía solo con su mamá?
Chivo guardó silencio por unos segundos, más de los que Alberto esperaba.
—Vivía con un malparido que tenía plata y le pagaba el arriendo.
—¿Su papá?
—Qué va. Si a ese ni lo conozco. Ni una foto. Este se lo levantó una noche ahí en la cuadra, que porque venía a buscar a un amigo y había severa fiesta en la calle.
—¿No le caía bien?
—¿Y usted por qué quiere saber?
Alberto no estaba preparado para contestar eso, y como siempre, prefería improvisar.
—Pensé que podía preguntarle, relájese. Si no quiere no diga nada.
Alberto le jugó con lo que era su mejor esfuerzo para actuar como él y no poner distancia entre ambos.
—Vea yo sé que usted no es un malparido, pero acá uno tiene que andar con cuidado.
Alberto prefirió guardar silencio en vez de seguirle la corriente. Tal vez era su momento de irse a la casa.
—Pero ese man está muerto, se lo bajaron una noche que salió a comprar cerveza. Vainas torcidas. Mi mamá menos mal no le dio nunca la casa.
Alberto entendió que había algo en Chivo que necesitaba decir lo que quisiera, sin que él lo empujara más.
—Pero cuando lo mataron yo ya había caído en estas por su culpa. Y no he podido volver a mi casa más.
Alberto vio en los ojos de Chivo la carga que se recostaba en sus hombros y le hacía arder los ojos del esfuerzo por no desfallecer. En ese momento ya no importaba que el olor fuera detestable, o que ese lugar le hiciera pensar en el abandono completo, sino que le abrió los ojos al menos a una persona que, por más que quisiera, aún no había logrado volver a su vida, sin mayores aspiraciones más allá de estar en su casa con su mamá.
Alberto decidió quedarse más tiempo, y aunque sabía que no podía meterse más en sus cosas, la compañía podía hacer algo por Chivo, y quizás en medio de todo, también la compañía de él ayudaba a Alberto a no sentirse solo mientras esperaba.
Pasaron las once de la noche y Alberto comenzó a sentir el peso del día en sus ojos, mientras Chivo le contaba sobre una mujer que había asesinado hacía ya dos meses en una de las casas en donde él se había quedado alguna vez. La grabadora seguía prendida.
En ese momento la conmoción se apoderó de Alberto, quien tardó en reaccionar y darse cuenta realmente de lo que pasaba. Todo ocurrió muy rápido, justo detrás de ellos, en el pequeño lugar que había levantado Chivo para dormir. Los plásticos que usaba como colchón debajo del cambuche —y que fueron los pocos que le habían quedado de la venta del día— ya no estaban; su lugar de dormir ahora estaba completamente destruido, y una mujer a diez metros de donde ellos estaban recibía un golpe al paso del hombre quien corría sin intención de detenerse.
—¡JUEPUTA!
La voz de Chivo retumbó en los oídos de Alberto, quien se levantó del andén de manera automática y salió a correr en dirección del hombre que cargaba los plásticos.

