La mujer que había gritado y alertado a la comunidad de lo que pasó la noche anterior no fue de gran utilidad para Alberto. Cuando salió de la casa verde lo recibió en pijama, por lo que le pidió unos minutos para colocarse una bata que le cubriera todo el cuerpo y así poder hablar con él. Mientras tanto, un hombre —quien Alberto supuso era la pareja de la mujer— se quedó con él en la puerta preguntándole sobre su experiencia en el periódico. Después de lo que parecía un interrogatorio, la mujer salió nuevamente a la puerta y atendió a Alberto, mientras el otro hombre miraba desde el interior de la casa con detenimiento.

Alberto intentó de todas las maneras que se le ocurrieron sacar información relevante de los recuerdos de la mujer, pero esta parecía no querer darle la importancia necesaria. En todos sus recuentos se refería al hombre que estaba con ella —o como le decía ‘el gordo’— y como este la había llevado dentro de la casa, apagado las luces y echado llave para protegerla. En realidad no le dio más que un detalle extra comparado con lo que le había dicho ya la mujer de la primera casa: las piernas del hombre eran “muy largas”.

La interpretación de Alberto no lo dejaba con muchas dudas, era evidente para él que la mujer estaba actuando como le había instruido el hombre con el que estaba. Incluso cuando reveló lo de las piernas, miró de reojo al hombre, quien se mordió los labios levemente. Después de eso comenzaron las evasivas, al punto de decirle a Alberto —en realidad “señor Andrés”— que no fuera tan cansón, que ella lo único que había hecho era gritar y gritar como una loca hasta que ‘el gordo’ la salvó y no le dejó ver nada más.

Sin más que decir, Alberto caminó por varios minutos sin un rumbo claro. Pensó en entrar nuevamente a la tienda, pero no quería que el dueño lo reconociera. Su mente divagaba por la información que había encontrado, era poca y eso lo colocaba en una posición desafiante. Estaba seguro ahora de que se trataba de un hombre alto con ojos verdes que llevaba plásticos encima cada vez que iba a atacar. Y para él no parecía ser completamente obligatorio que no lo vieran, lo importante era que no lo pudieran distinguir.

Las calles estaban cada vez menos transitadas a medida que caminaba, y fue entonces que se percató de un grupo de recicladores pasando por la acera del frente. Lo meditó por unos segundos, porque no podía revelar mucha más información y menos a personas que podrían poner en peligro la misión que tenía. ¿Qué le aseguraba que ellos no conocían al asesino? Pero eso mismo podía pensar de cualquier otra persona alrededor suyo y con quien ya había hablado. Sin querer darle más vueltas, vio una oportunidad más, y ya las cartas estaban jugadas desde antes; era cuestión de lanzar una más.

—¿Alguno sabe dónde puedo encontrar a Chivo, el de los plásticos? —Alberto intentó sonar lo menos formal posible, y relajar su postura como si fuera un día como cualquier otro para él.

Uno de los recicladores se detuvo, mientras el resto continuó recogiendo lo que sirviera de las canecas de la calle, y se acercó a Alberto, quien luchó con todas sus fuerzas para no moverse y esperar el avance del hombre sin mostrar su incomodidad. Al tiempo examinó de reojo su alrededor, incluyendo tener en su campo de visión a los otros recicladores quienes arrastraban el carrete.

—El chino debe estar por el lote que queda a dos cuadras. Por allá —dijo el hombre finalmente, señalando con su cabeza.

Alberto asintió, y cuando se dio cuenta de que eso no iba a ser suficiente, habló nuevamente.

—Gracias. Oiga, por si acaso van pinchados en una de las ruedas de atrás.

En ese momento el hombre se giró rápidamente y gritó.

—¡Paren que nos la vamos a tirar!

El hombre cruzó la calle nuevamente dándole la espalda a Alberto, quien no dudó en caminar rápido hacia donde le había indicado el reciclador.

Alberto recorrió calles llenas de personas que daban la impresión de vivir en condición de habitantes de calle, lo que le generaba una incomodidad que no lograba entender pero que había desarrollado desde niño. Intentó regularse internamente para que su exterior no mostrara lo poco que controlaba sus nervios en ese momento. Se acercó en repetidas ocasiones a distintas personas para confirmar que ninguna fuera en realidad el hombre al que buscaba. Pero para su sorpresa, lo que escuchó fue un llamado a los gritos.

—¡Manito, yo creía que no iba a venir!

En ese momento Alberto sintió como si pudiera respirar de nuevo y soltar el aire que tenía contenido desde que se había cruzado con los recicladores. Su cuerpo, aunque aún tenso, ahora se sentía con la mitad del peso que él mismo le había puesto.

—¿En tal mal concepto me tiene? —le preguntó Alberto, intentando bajar la guardia.

El hombre se rió levemente y resopló.

—No importa. Más bien venga que acá no quiero dar tanta boleta.

Alberto continuaba pendiente de los movimientos alrededor y no sentía que las demás personas lo estuvieran mirando, pero sabía que eso no quería decir que no lo estuviera haciendo alguien más fuera de su radar. Para nadie era un secreto que ese tipo de lugares en Bogotá eran altamente vigilados por las personas que manejaban el microtráfico. No había manera alguna de pasar cien por ciento desapercibido, pero tal vez al involucrarse con alguien que hacía parte de ese entorno lo haría más fácil.

No hubo mayor distancia entre ambos, y Alberto tuvo que volver a trabajar para no mostrar su repudio por el olor emanado. No podía creer que le costara tanto concentrarse en lo que era realmente importante, pero no era algo nuevo, siempre había tenido una alta sensibilidad a los olores. El problema acá era que el olor no era algo a lo que estuviera acostumbrado en lo más mínimo, pues su privilegio —aunque no fuera el más alto— lo había separado completamente.

Chivo lo llevó por varias calles que lo alejaban de la multitud de habitantes de calle, hasta que llegaron a una cuadra que albergaba casas que parecían abandonadas o a punto de caerse. El sonido seguía estando presente, pero esta vez no se sabía de dónde venía. La casa a la que entró Chivo tenía paredes azules, peladas en su mayoría, y el olor a humedad dentro camufló el de su acompañante. Alberto no sabía si estar agradecido por el cambio o preocuparse por su bienestar.

Entraron en uno de los cuartos, y Alberto sintió frío, más que el que se sentía en la calle. La habitación era oscura, pero las corrientes de aire entraban en distintas direcciones. Mantas florales y mucha suciedad era todo lo que podía ver.

—¿Qué hacemos acá? —preguntó finalmente Alberto.

—Un parcero me dejó quedarme anoche si le doy todo lo que consiga hoy.

—¿Y por qué no le pagó con lo que le di y ya?

Chivo se rió.

—Esa plata es pa’ otras cosas. Ayúdeme a sacar esto que esta noche no me quedo aquí.

Chivo comenzó a sacar una bolsa grande de plástico que estaba debajo de un armario del mismo material. Alberto se agarró de una esquina y se dio cuenta de que todo lo que había adentro era plástico.

—¿No me dijo que ayer le había robado todo el asesino?

—¿Usted cree que yo soy bobo? Me robó todo lo que tenía ayer, esto es lo que reuní hoy.

Alberto vio cómo Chivo rasgó la bolsa y metió el brazo entre el plástico. Después de unos segundos sacó un cuchillo con su vaina y una bolsa más pequeña de plástico.

—Para esto eran las cien lucas que me dio ayer. A mí no me vuelve a robar ese pirobo sin que lo chuce.

Chivo guardó el cuchillo en su pantalón y la bolsa debajo del brazo. Dejó la grande encima de la cama y sacó una camiseta y un pantalón del armario.

—Déjele algo para pagarle a mi parcero, para que se cambie esa ropa y no dé tanto visaje —le dijo Chivo a Alberto mientras le pasaba la ropa.

Alberto no dudó, aunque en su mente solo pudiera escuchar una cantidad inimaginable de pensamientos sobre lo que estaba a punto de hacer. Su cuerpo se iba a prestar para algo que jamás en la vida hubiera imaginado: entrar en un cuarto oscuro de manera voluntaria sabiendo que allí adentro existían cosas que podían hacerle daño, sus peores pesadillas. Y sin embargo, en ese momento, le dio la bienvenida a la oscuridad porque tal vez ese era el truco: acostumbrarse a la falta de luz con el objetivo de volver a ver. Y él quería ver en esa oscuridad a la persona que estaba matando de noche, atacando a sus víctimas como si se tratara de una obra de teatro macabra.

El olor era insoportable, eso seguía siendo así incluso con su nueva perspectiva de la situación. Pero la costumbre es un arma poderosa, como la es peligrosa. Sabía que nunca iba a ignorar lo que entraba por su nariz, pero al menos podría comenzar a soportarlo y así orientar sus pensamientos a otras cosas. Después de cerciorarse de que llevaba consigo su celular, billetera, la grabadora de audio, y su libreta, dejó tres billetes de veinte mil pesos encima de la cama, y salió del cuarto con Chivo, quien lo había esperado sentado en la cama mientras él se cambiaba.

—Le hace falta comer sopita —le dijo en algún momento Chivo.

Alberto no pudo evitar reírse. Era cierto, sus hábitos alimenticios eran deficientes, y no porque comiera sin pensarlo sino porque no lo hacía por falta de conciencia.

Cuando salieron a la calle, Alberto seguía sintiendo ojos encima suyo, pero ya no porque fuera diferente sino porque era un impostor que había comenzado a parecerse más a las personas que lo rodeaban. Ese parecido solo era físico, sabía que todo era un papel y que nunca podría entender la realidad de estas personas.

—¿A dónde me va a llevar ahora? —Alberto estaba un poco inquieto, necesitaba saber el plan en ese momento, no podía dejarse seguir llevando por Chivo. Tenía que, de alguna forma, ejercer el mando.

—Ese mansito va a volver. Hay que hacer la vida normal hasta que aparezca.

El plan tenía sentido, aunque no tuviera ni pies ni cabeza más allá de esperar.

—¿Cuánto me va a cobrar?

Chivo se rió y agarró a Alberto de uno de sus brazos.

—Luego le digo, pero yo sé que va a poder pagar, yo no pido mucho y ahora menos que también quiero que ese pirobo pague.

Alberto dejó que Chivo lo guiara por las calles, mientras pensaba en contactar a Andrés para que le ayudara con lo que fuera que tuviera que hacer para pagar por la ayuda que estaba recibiendo. Sabía que Andrés primero le reclamaría, estaría sorprendido por todo lo que estaba haciendo, y el menor de los problemas sería que estuviera usando su nombre para todo esto. Pero eso no quitaba el hecho de que debía dejar de involucrar a personas que conocía; ya lo había hecho con Ingrid y sin pensarlo, ahora lo hacía con Andrés como un reflejo de su propia inexperiencia y miedo por no saber cómo llevar a cabo lo que estaba haciendo. Y con todo y eso, no pensaba en parar en este momento, sino en avanzar lo más rápido posible para de una vez por todas parar con esta algarabía que había despertado él mismo en su propia vida.

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