Bogotá lloraba una vez más, y la apatía de las personas se maquillaba bajo una luna incandescente que iluminaba el cielo nublado, ajena a las lágrimas que una familia derramaba por un cuerpo inerte, tirado en el suelo, como un costal.

Alberto se bajó del taxi una cuadra antes, y caminó con cautela hacia la escena del crimen que estaba rodeada de luces, haciendo frente a la emergencia que no pudo ser prevenida. Las autoridades parecían seguir una danza que dependía de implementos y trajes que cumplían un solo objetivo: distraer del verdadero horror de la muerte.

La multitud fue aumentando con el paso de los minutos, y Alberto caminó alrededor tratando de hacerse notar por Ingrid —a quien había visto recién había llegado a la escena. No fue posible. Ella estaba atenta al cuerpo, y su mirada no se levantaba bajo ninguna circunstancia. Quiso prestar atención a todo lo que veía, tal vez podría recopilar algún detalle que fuera relevante más allá de las heridas mortales evidentes: un corte en la garganta y una puñalada al corazón. Pero los murmullos de la gente eran más fuertes que las voces en su cabeza, y nada —aparte de tratarse del mismo asesino— tenía sentido.

El cuerpo fue levantado finalmente, con las personas moviéndose al unísono para intentar tener una última mirada. Alberto se quedó quieto, y cuando la multitud cambió de visión hacia el oriente, se percató de la presencia de una persona una cuadra a lo lejos. Estaba parada detrás de un poste de luz, apenas asomando su cabeza, y le colgaba lo que parecía plástico de uno de sus brazos. Alberto pensó en decir algo, pero la cantidad de personas iba a desatar un caos si comenzaba a gritar. Nuevamente su cuerpo estaba reaccionando de una manera que antes no hubiera podido concebir, tal y como sintió el impulso de venir esa noche; y decidió caminar hacia el individuo del poste sin mirar atrás.

Había avanzado ya media cuadra, y aunque intentaba no mirarlo mucho, era inevitable hacerse el que no se percataba de su presencia. El hombre —ahora lo sabía al darse cuenta de su barba— salió a correr hacia la derecha antes de que Alberto pudiera acercarse más, y se perdió en la esquina de la calle. Alberto corrió tan rápido como pudo, y al llegar a la esquina pudo divisarlo nuevamente. El hombre corría cojo, por lo que su velocidad no era la que Alberto había imaginado. Seguro El Aviador era más rápido, pero seguía existiendo la posibilidad. Giró hacia la izquierda y Alberto acortó la distancia rápidamente hasta que lo tuvo a unos veinte metros de distancia.

—Espere, tranquilo, yo no soy policía ni nada. No le quiero hacer daño —dijo Alberto con la respiración cortada e intentando gritar sin que nadie más que aquel hombre se diera cuenta.

El hombre se detuvo, pero siguió dándole la espalda a Alberto.

—¿Entonces qué quiere manito? —le dijo el hombre, de quien era más evidente ahora que le colgaban pedazos de plástico del cuerpo.

—Solo quiero preguntarle si sabe algo de lo que pasó allá.

Alberto no entendía lo que hacía. Si bien este hombre no podía correr, podía ser el asesino con alguna herida producto de la víctima de esa noche, o podría estar actuando todo para poder atacar y hacerle lo mismo.

—No le conviene —dijo el hombre y arrancó a correr nuevamente.

Alberto corrió y cuando lo tuvo a pocos pasos, aceleró y se abalanzó contra el hombre. Un olor pútrido le impregnó la respiración, y ahora la lluvia que ambos conservaban en su ropa se mezclaba en una amalgama que Alberto quiso dejar de sentir. Un calor detestable, lleno de humedad. Prefería morir congelado.

—Yo no hice nada manito, se lo juro. Pero no quiere saber más, yo sé por qué se lo digo —el hombre, que parecía más joven de lo que Alberto había imaginado, casi como un niño, intentaba respirar bajo el peso de Alberto quien rápidamente intentó incorporarse y quedar arrodillado contra el pecho del hombre.

—Dígame lo que sabe, yo veré si me conviene o no.

Alberto sintió el asco salir de su nariz, al igual que de sus pensamientos, pero en ese momento solo le importaba la información que podía darle esta persona.

—¿Y qué me da? Yo de gratis no ando soltando nada.

—Tengo cien mil en mi billetera, se los puede quedar. Pero me tiene que decir todo antes de que llame a la policía.

El sonido de las ambulancias parecía alejarse, y Alberto se sintió a la deriva.

—Deme los cien y le digo.

Alberto sacó el dinero de la billetera y se lo entregó al hombre, quien todavía estaba inmóvil.

—Así funcionan las vainas. ¿Sí ve? A ese pirobo ya me lo he encontrado dos veces, corriendo por el lote que está en construcción allá atrás, se llevó los plásticos que estaba recogiendo para vender; y otra vez hoy, cuando me quitó el cambuche y se llevó todo lo que tenía. Yo lo perseguí como pude pero el malparido es rápido y cuando llegué fue que vi el cuerpo ese que se llevaron. El tipo se estaba levantando del suelo, dejando a ese man ahí tirado y salió corriendo otra vez.

Alberto comenzó a sentirse mareado, la lluvia parecía evaporarse del suelo en donde estaban y no podía creer que estaba tan cerca de lo que necesitaba. Se levantó, no le importó que el hombre ya no estuviera controlado.

Quería creer que iba a poder obtener más de él, que iba a resolver el misterio con una simple charla, y que no iba a necesitar a la policía después de todo. Si lo habían sacado del periódico era porque estaba haciendo algo bien fuera de este, pero ahora que el mareo se apoderaba de su cuerpo, entendió que si ese hombre era el asesino, no había nada que pudiera hacer para detenerlo.

—¿Le vio la cara?

—No mucho manito, alcancé a ver que tenía ojos de gringo porque me abrió el cambuche y tenía una de esas máscaras que solo se ven los ojos.

—¿Y el tipo vio que usted lo persiguió?

—Yo qué voy a saber. Pero el man nunca miró para atrás y yo ni grité. Entre menos visaje mejor.

Alberto se limpió las manos llenas de tierra en su pantalón, intentaba mover su cuerpo y así prevenir un desmayo.

—¿Usted vive por acá?

—Me la paso por estos lados y duermo donde caiga. Acá dejan mucha basura y yo aprovecho. Me tocaba peleármela con otros hace rato, pero ya somos parceros.

Alberto miró su reloj, eran las tres de la mañana.

—Lo vengo a visitar mañana. ¿Cómo lo busco?

El hombre, que se terminaba de levantar del suelo, mostró una expresión de duda. Torció la boca y respiró profundo mientras sacaba un tarro de pegante del bolsillo.

—Pregunte por Chivo, el de los plásticos, y ahí alguien le dice. Pero no me meta en problemas, vea que ya tengo con no poder salir de acá.

El hombre se alejó sin decir más, y esta vez Alberto no intentó detenerlo. La lluvia había mermado, y su corazón ya no latía sin control. Caminó de regreso en busca de la escena del crimen, pero cuando llegó, parecía como si no hubiera pasado nada. La calle estaba desolada y todas las luces de las casas alrededor ya estaban apagadas.

Alberto llamó a uno de los números de taxi y llegó a su casa a las cuatro de la mañana, directo a bañarse y echar a lavar la ropa que traía. Se sentía peor de sucio que el hombre al que había abordado, porque su reacción había sido de asco, de repudio, y por más incómodo que haya sido, algo había sonado en su cabeza que le decía que estaba equivocado. Tendría que enfrentarse nuevamente a ese mundo que desconocía, y reconfigurar su forma de percibir una realidad que siempre le había causado incomodidad. Esa noche no iba a ser la de dejar su rechazo atrás, por lo que al final echó la ropa recién lavada en una bolsa y se fue a dormir sin querer darle más vueltas al asunto.

A la mañana siguiente, sin haber desayunado y todavía con la bolsa de ropa en la esquina de su lavandería, llamó a Ingrid al teléfono del que había recibido la llamada la noche anterior.

Ingrid le preguntó si había ido a la escena, y se sorprendió de lo que Alberto le contó que hizo cuando había comenzado el levantamiento del cuerpo. Ella lo trató como a una persona completamente deschavetada, que había puesto su vida en riesgo; pero finalmente no podía juzgarlo, ella hubiera hecho lo mismo. Alberto le preguntó si había información nueva, e Ingrid tuvo que decirle la verdad: no podía contarle más, y tampoco quería hacerlo, corría riesgo y más ahora con Alberto tan involucrado.

—Yo le dije anoche que no iba a hablar más. Pero para que ya me deje en paz y entienda: ahora se metió en esto la DIJIN. Hoy vino un tipo y creo que se va a poner seria la cosa. Me pueden meter a la cárcel si se enteran. Nadie sabe que tengo este número y me voy a deshacer de él, por favor no me busque más. Dígale a Andrés que ya le cumplí, y olvídese de que existo.

No había razones lógicas para que Alberto siguiera haciendo lo que hacía. Podía simplemente entregar toda la información a alguien o dejar que las cosas siguieran su rumbo y desligarse de algo que no solo lo estaba colocando en riesgo a él sino también a personas que no tenían que resultar manchadas. Recordó su promesa de la noche anterior, y sintió cómo él mismo se enterraba un cuchillo por la espalda tan solo al pensar en dejar de buscar a ese asesino que cada vez se acercaba más. Su cuerpo le hablaba otra vez, lo impulsaba, y lo hacía experimentar una necesidad irracional y poco común en él, y no lo dejaba moverse hacia otro lado que no fuera el que sabía que podía hacerle daño.

Entonces llegó al mismo barrio en el que parecía haber vivido toda una vida distinta esa madrugada, y al caminar se dio cuenta de que las personas ya habían borrado todo vestigio de lo pasado, que sus caras no dudaban en mirar a otro lado, y el ruido no retrataba una ciudad en vilo.

Timbró en la casa que estaba justo al frente de donde había estado tirado el cuerpo, y esperó en el borde del andén, cuidando no caer a la calle.

Finalmente una mujer abrió. Lo miró de arriba a abajo antes de pronunciar palabra.

—¿Sí?

—Disculpe, me llamo Andrés y quisiera saber si puedo hacerle unas preguntas sobre lo que sucedió anoche.

Alberto no lo pensó realmente, simplemente usó el nombre de su amigo como una armadura.

—¿Es policía?

—No señora, trabajo en ‘Bogotá A Toda Hora’.

—Periodista... —la mujer cerró la puerta casi del todo detrás suyo y se paró contra el muro sin soltar la manija.

—Sí, estoy buscando darle más visibilidad al caso a ver si alguien hace algo. ¿Puede contarme lo que pasó?

—Es horrible. Pues mire, yo no vi mucho. Estábamos acá en la sala viendo televisión, cuando pasó una sombra rapidísimo y luego escuchamos un grito de alguien que estaba en la calle. Nos asomamos y vimos el cuerpo ahí tirado. La chica que gritó dijo que iba saliendo de su casa cuando vio al tipo cruzar por la otra cuadra.

La mujer le indicó a Alberto a cuál casa se refería, desde la que había salido la otra mujer, y después de eso se despidieron sin más. La tensión era palpable, y Alberto no podía dejar de mirar constantemente a su alrededor, sentía ojos encima aunque nadie parecía verlo.

Decidió entrar a una tienda que estaba abierta antes de dirigirse a la siguiente casa, y pidió un tinto con un pan para sentarse en la única mesa de plástico cerca a la puerta, desde donde podía ver al exterior. Todas las personas que pasaban frente a la tienda ni se percataban de esta, y mucho menos de la presencia de alguien que no pertenecía al sector. Incluso el hombre que lo atendió en la tienda ya se había olvidado de él, lo vio sentado detrás del mostrador leyendo un periódico.

Finalmente, y sin haber terminado el tinto, Alberto se levantó de la mesa y decidió volver a la calle y mezclarse entre la gente esperando que nadie lo estuviera viendo como el bicho raro que se sentía. Lo esperaba una casa verde, y un camino largo aquel día, que esperaba concluir encontrando al desafío de la madrugada anterior.

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