Su habitación estaba llena de cajas, cassettes, papeles, ropa en el suelo y plantas marchitas en un rincón. El cuarto —apenas con un tercio de la cortina abierta desde hace días— apestaba a guardado, aunque Alberto se hubiera cerciorado de bañarse todos los días y tender la cama. Se había recluido en ese pequeño espacio, excepto cuando debía bañarse o salir al restaurante de la esquina a comer algo porque su cuerpo no aguantaba más.
Al pararse de la cama, salir de vez en cuando, y seguirse bañando, negaba la idea de que estuviera atravesando por una parálisis emocional —así solía describir su estado—, tristeza, o pena desmedida consigo mismo. No podía aceptar nada de eso, ni parecido, todo debía estar bien y lo que hacía esos días merecía toda su atención.
Pero la verdad era mucho más compleja de lo que podía reconocer, y el hecho de no tener que sufrir por dinero no lo hacía más fácil, porque siendo honesto le preocupaba despertarse un día y darse cuenta de que había vivido a costillas de algo que no se ganó, aunque le perteneciera.
Sus pesadillas aumentaron, al punto en que una noche se levantó sin pensar más, abrió la puerta de su cuarto y se encontró hablando con su corazón roto. Y aunque ahora pasaba más tiempo en su cama, decidía hacerlo con las cobijas tendidas, y así de nuevo negar su realidad.
El teléfono sonó tres veces seguidas, por primera vez desde que se encerró en su apartamento, y decidió contestar porque en el fondo sabía quién era y no tenía sentido guardar silencio.
—¿Ya dejaste de preocuparte al fin? —la voz de Alberto era seria.
—Vas a venir hoy, 7:00 PM a mi casa. Sandra ya está preparando la comida.
Andrés le colgó el teléfono y Alberto, escuchando el sonido inerte de la bocina, dijo “sí”.
Alberto sintió la urgencia entonces de arreglarse lo mejor que podía, comenzando por afeitarse y escoger el saco menos arrugado que tenía en el momento. No dejaba de mirarse al espejo, y se convencía de estar viendo a la persona que no necesitaba dar explicaciones a preguntas que no tenían razón de ser.
Pidió su taxi por teléfono, el de siempre, y se sentó en la silla del escritorio de la sala. Se percató de la inmensidad del exterior a través del ventanal, de lo poco que podía enfocarse en una sola cosa en ese momento, y la sensación de no dejar caer una máscara que no era evidente para él. La ventana que no cerraba del todo bien golpeaba contra el marco, y la corriente de aire hizo temblar el único cuadro que estaba en su sala, una foto suya con sus padres y su tío. Alberto ajustó la cuerda de la ventana con furia, y se sentó nuevamente en la silla, mirando cómo temblaban sus manos, al tiempo que su pierna derecha no dejaba de golpear contra el suelo. El taxi pitaba desde abajo, pero Alberto era incapaz de pararse, hasta que cerró los ojos por unos segundos e imaginó su rostro como una mezcla del de toda su familia. Finalmente pudo pararse y apagar las luces para salir del apartamento.
Andrés vivía con Sandra en una casa pequeña y antigua en La Castellana. Desde afuera daba la impresión de estar abandonada, si no fuera por las luces prendidas adentro. La hipoteca de la casa era aún bastante alta, y el poco dinero que les quedaba de pagar las cuotas lo dedicaban a pagar las cosas del diario, por lo que cuidar de la fachada, incluyendo el antejardín, era una tarea que no se tomaban en serio. Alberto timbró y fue bienvenido por Sandra, quien lo abrazó fuerte. Alberto devolvió el abrazo. Sandra era alguien que Alberto siempre había visto como una cuidadora, y eso era evidente en Andrés todos los días. Sus ojos oscuros, su cabello del mismo color, ondulado y voluminoso, de una estatura más alta del promedio colombiano, y una contextura que mostraba fortaleza. Todo lo contrario a Andrés.
—Te ves mejor de lo que pensaba —le dijo Sandra al oído.
Alberto apenas sonrió y entró a la casa. La historia adentro era diferente, todo parecía tener un lugar, y desde la primera vez que Alberto había pisado ese lugar, se había percatado de eso. Una cantidad abismal de porcelanas adornaban los muebles y repisas, y las fotos de cada una de las familias tomaban protagonismo en cada espacio. La casa olía a madera con un poco de cítrico. Era como entrar a una casa de campo en la ciudad, porque el frío penetraba las paredes y todo adentro buscaba abrigar la presencia de sus habitantes. Tapetes que daba pena pisar, cobijas colgando de los sofás, y cuadros grandes que mostraban la verdadera historia de Sandra, plasmando su cabeza en los colores.
—Ya estoy por servir —dijo Andrés desde la cocina.
—¿Cocinó él? —preguntó en voz relativamente baja Alberto.
—Claro que no, pero le dejo creer que ayudó más de lo que realmente hizo —Sandra se rió debajo de una de sus manos— así que le pedí que se encargara de servir.
Alberto se sentó en la mesa del comedor y veía a su amigo caminar por la cocina con ollas y sartenes en mano.
—¿Cómo seguiste? —finalmente preguntó Alberto a Sandra— Andrés me dijo que estabas mejor.
—Viene y va, pero sí, en general estoy mejor. La doctora me dijo que tenía que cuidarme mucho hasta el otro mes, y volver a exámenes.
—Ya sabes que mi tío puede ayudarte si en algún momento...
—Lo sé —lo interrumpió Sandra—, pero ahora no es necesario.
Sandra agarró la mano de Alberto encima de la mesa y la apretó.
En ese momento entró Andrés al comedor con dos bandejas y tocó el hombro de Alberto.
—No acepto ni una sola crítica —dijo Andrés.
Alberto dejó que Sandra le sirviera la comida y no discutió por la cantidad, aunque estando solo en su casa hubiera comido la tercera parte de lo que tenía frente a su plato, y seguramente le entraría en reversa, pero eso era un problema para más tarde.
—Estás mejor de lo que creía —repitió Sandra cuando Alberto comenzó a comer.
—¿Por qué lo dices? —le preguntó Alberto.
Andrés miró fijamente a Alberto mientras masticaba.
—No le contestas a Andrés, y seguro andas encerrado desde que...
Sandra no fue capaz de terminar la oración, se mordió los labios y no quitó la mirada de encima de Alberto, quien se agachó a mirar su plato.
—Déjame más bien te cuento del partidazo que jugamos el fin de semana.
Andrés le sonrió a Sandra mientras agarraba su mano encima de la mesa y continuó contándole a Alberto, quien de a poco recobró su compostura, sobre el partido que “merecía haber salido en televisión” en la cancha del barrio.
Después de terminar de comer y recoger los platos, Alberto se ofreció a lavar, pero Andrés lo agarró del brazo y lo sacó al jardín trasero negándole cualquier colaboración con el desastre que había dejado la cocina porque él era el invitado.
—No la vas a dejar a ella que lave —le dijo Alberto a Andrés mientras salían al jardín.
—Qué va, si ella sabe que más tarde lo hago yo.
Andrés sacó un cigarrillo y lo encendió, cuidando que el humo no le llegara a Alberto, quien odiaba el olor.
—Ahora sí me vas a decir la verdad.
Alberto sabía que no tenía que guardar ese secreto, y mucho menos ante Andrés, a quien esa noche no había podido dejar de ver como su amigo, sin luchar contra la idea de que lo fuera.
—A ver... El mequetrefe de Horacio me echó del periódico esa tarde supuestamente que porque no estaba cumpliendo con las cosas que tenía asignadas y que mi trabajo era mediocre. Me dijo que la falta grave no era haberme salido de la oficina, sino que me hubiera salido para conseguir una historia de mierda que no le servía para nada. Que me hacía un favor al echarme antes de haberme ascendido, sino eso se vería pésimo en mi hoja de vida.
—Pendejo. A nosotros lo único que nos dijeron fue que te habían tenido que echar por una falta grave. Y pues yo supuse que fue porque ese día te escapaste y ya.
—Pues claro, esa fue la excusa. Y mira, yo sé que me escapé y estuvo mal, pero todo lo que me dijo me dio asco. Mi trabajo no era complacerlo a él sino informar a la gente de lo que pasa. Hasta me siento bien de que me haya echado, aunque no parezca.
La realidad era otra, Alberto no se sentía afortunado de eso. Ahora no tenía un propósito mayor que el de perseguir ese caso que no le serviría de nada después. Pero se había convertido en su salida fácil y algo en lo que pensar.
—El tipo me miraba a mí todo el tiempo, como diciéndome “yo sé que usted es su cómplice”.
Alberto se quedó viendo a Andrés mientras este terminaba el cigarrillo.
—Yo le dije que había actuado solo. No tiene forma de saber que me ayudaste.
—Igual no pasa nada, lo haría nuevamente y más ahora sabiendo todo esto.
Los dos se quedaron en silencio un rato. Alberto no podía reconocer lo que Andrés decía, lo llevaría a un agujero desconocido.
—¿Qué vas a hacer ahora entonces? —le preguntó Andrés mientras pisaba la colilla del cigarrillo contra el suelo.
—Descubrir a ese asesino, que al menos la echada valga para algo.
Alberto se quedó dos horas más en la casa de Andrés y Sandra, viendo televisión juntos y tomando vino como si todo estuviera normal. Y es que lo estaba, al menos en ese momento.
Volvió a su casa cerca de la media noche, se bajó del taxi cinco cuadras antes porque quiso caminar y dejar que sus piernas se movieran un poco, sabía que necesitaba empezar a recobrar un poco su movilidad después de los últimos días. Le iba a costar dejar su habitación, pero se iba a forzar, se lo había prometido a Andrés cuando se despedían en la puerta de la casa.
A la una de la mañana, cuando ya estaba en su cama mirando al techo, su teléfono sonó y lo primero que pensó fue en una emergencia por parte de Sandra. De pronto se había esforzado mucho con todo lo que cocinó y haber tenido visita hasta tan tarde. Se levantó rápido, tanto como pudo en medio del desastre de su habitación, y sin prender la luz contestó el teléfono.
—Hago esto solo porque no puedo permitir que Andrés abra la boca. Pero es lo último... Hay otra persona, acaba de pasar.
Su ritmo cardiaco se aceleró, y sintió una compulsión que no había experimentado antes. No la podía explicar en su propia cabeza, solo actuó automáticamente.
—Dígame a dónde llegar, salgo ya para allá.
