—¿Ya mandaste la noticia de hoy? —le preguntó Andrés, desde el otro lado del escritorio.
Cada oficina albergaba seis cubículos dentro de un mismo cuarto, aunque no había paredes divisorias ni espacios propiamente delimitados más allá de donde terminaban las pertenencias de uno y comenzaban las del otro. Andrés y Alberto eran los únicos que usaban la oficina en la que estaban desde hace meses, luego de un despido masivo producto de, según el comunicado oficial, una búsqueda por menos historias y más impacto. El lugar era oscuro, falto de aire, y la única fuente de luz natural, que era una ventana larga, se ubicaba casi en el techo de la oficina. El vidrio que separaba la oficina del pasillo y el resto de oficinas estaba lleno de papeles pegados, pero en medio de estos siempre estaba, en la cabeza de Alberto, la clara señal de vigilancia.
—Estoy por mandarla, me falta revisar puntuación —contestó Alberto.
—Apúrate. Si quieres ir al bar, tienes diez minutos.
El artículo que necesitaba terminar aquella tarde era un recuento de los daños ocasionados por un atentado terrorista que había ocurrido hace más de una semana, en la que era la sede de una de las cadenas radiales más importantes del país. Alberto odiaba reportar sobre ese tipo de noticias, pues aunque la violencia no era desconocida para el país, no lo desafiaba tanto como pensaba que lo haría destapar ollas podridas que la gente no veía y que pasaban en un entorno mucho más cotidiano. Esa era solo otra de sus frustraciones con ese trabajo que consiguió recién graduado de la universidad, un año atrás.
El tiempo se detuvo para Alberto, pero Andrés se había ido ya hacía media hora, y fue hasta entonces que pudo entregar su artículo a los editores para los últimos ajustes. El piso no estaba desolado, pero pasada la hora de su salida, no importaba quién quedara allí, para Alberto se trataba de un cementerio de almas que entregaban su vida por algo que no valía la pena. Sus compañeros ya no estaban, y unos pasos lo separaban de reencontrarse con ellos.
Afuera el cielo nublado ocultaba el atardecer que seguramente se vería desde otra ciudad, y el ruido de los carros le pisoteaban la cabeza. Sus pies se movieron automáticamente, y lo llevaron al bar de la esquina de la oficina, en donde encontró a Andrés y otros periodistas acabando una ronda de cerveza. No era difícil entender por qué preferían ir a ese lugar, a ese bar lúgubre que olía a humedad, porque estaba cerca y garantizaba que más personas se unieran a lo que parecía otro acto de rebeldía pero no era más que un miedo a no tener con quién quejarse de la vida sin poder hacer más. Y eso incluía a Alberto, por más de que a él mismo le costara entenderlo.
Tres rondas de cerveza después, se hizo más que evidente para Alberto la sensación de estar sentado en medio de una plaza en la que todos están presentes pero nadie se reconoce, solo simulan hacerlo para no tener que irse a sus casas. Las voces se entremezclaban con el sonido de la música, que entonces lograba ser más alto que el de sus pensamientos. Y sin embargo, ni Andrés ni los demás —que mucho menos eran sus amigos— lograban dejarlo escapar del todo.
—La gente sigue nerviosa, creen que no han terminado de echar gente y no saben en dónde buscar, todo está así. O eso dicen —dijo una chica de cabello rojo que Alberto reconocía, pero de quien no recordaba el nombre.
Andrés, que estaba sentado al lado de Alberto, vio que este golpeaba su mano contra el vaso de cerveza incesantemente.
—Y tú esperando por un ascenso —le dijo finalmente Andrés a Alberto, en voz baja.
La cerveza comenzaba a hacer efecto en Alberto, porque la boca se le aflojaba aunque su mente siguiera hecha un nudo.
—Me lo tienen que dar, yo ya firmé eso.
Andrés lo miró a los ojos entonces y sonrió levemente.
—No seas ingenuo —Andrés se tomó el último bocado de cerveza y levantó la mano al mesero para que le trajera una más.
—No es ingenuidad, es que es eso o que todo se vaya a la mierda —Alberto arrastró su vaso de cerveza, que aún tenía más de la mitad, en dirección a Andrés. —Mientras te traen la otra.
Alberto se levantó de la mesa y caminó hacia la salida del bar.
—¿En serio te vas así?
Pero Alberto no sabía cómo más quedarse. No volteó a mirar hacia atrás ni dijo más, solo se concentró en alejarse del ruido que lo consumía adentro, y prefirió enfrentarse a los sonidos de la ciudad, porque esos al menos no lo hacían dudar de su realidad.
Al llegar a su casa, el ruido que encontraba allí era familiar. Los papeles en el suelo de su apartamento eran recurrentes, y las paredes estaban llenas de cuadros y más papeles, intercalados como sus propios pensamientos. La mayoría de las cosas en las paredes mostraban en lo que preferiría pasar todo su tiempo, que salían en algunos libros que no vendían tantas copias o que encontraba en otros periódicos locales en los que no tenía que cumplir una promesa. El lugar en donde dormía no se diferenciaba de su propia mente, a veces parecía su propia cárcel.
Mientras preparaba algo de comer con lo poco que tenía en la nevera, Alberto dejó que el sonido de la voz de su jefe se reprodujera en la grabadora que cargaba a todos lados con él, y la cual activaba cada vez que pensaba era necesario documentar. Su jefe le hablaba de la reunión que tendrían la próxima semana para discutir sobre su puesto, y cómo hasta entonces debía seguir trabajando en la pieza recurrente sobre el escándalo de contrataciones en la ciudad, ya que ese día terminaba el reportaje del atentado. Alberto escribía una pieza a la semana sobre las contrataciones desviadas desde hace seis meses y había decidido, una vez más, que no volvería a votar por ningún político ni aunque le apuntaran con un arma en la cabeza. En la grabación, Alberto se escuchaba a sí mismo completamente resignado, y su jefe solamente recalcando que todos habían pasado por ahí, y que la única forma de volverse alguien importante era comiendo las sobras al inicio.
La última grabación del día sucedió cuando iba saliendo del bar y escuchó a alguien hablando sobre un asesino que andaba deambulando por las calles de la ciudad desde hacía varias semanas.
—Al tipo supuestamente le dicen ‘el aviador’, porque sale volando después de matar a sus víctimas y no lo han podido capturar —la voz del hombre era gruesa y se notaba el tono de burla por el apodo del asesino.
—¿Pero acaso cuántos ha matado ya? —la mujer sonaba preocupada.
—Dos, al menos que me haya enterado.
—Eso no es un asesino en serie, no seas imbécil.
El hombre se rió y Alberto recordó que en ese momento volteó a verlo mientras esperaba que parara el bus.
—Pues yo estoy paniqueado, y todos los tipos que veo pienso que son el asesino. Tú verás si te relajas.
Ambos rieron y en ese momento Alberto se subió al bus apagando la grabadora.
Esa noche la dedicó a buscar en su computador sobre el supuesto asesino, pero fue poco o nada lo que encontró en internet. Le mandó un correo a Andrés, sin tocar el tema del bar aquella noche, limitándose a preguntarle por el caso y si tenía información. Aquella noche no recibió respuesta, por lo que después de luchar con el sueño por más de una hora, corrió toda la ropa encima de su cama a un lado y apagó las luces.
Sus sueños últimamente estaban llenos de inconsistencias. Y no es que los sueños tuvieran que tener sentido, pero para Alberto soñar siempre había sido algo completamente aleatorio y que no sucedía con mucha constancia, a no ser de que su vida pareciera una pesadilla, o una se acercara. Se levantaba cansado, atormentado, y con el deseo de no dejar la cama con tal de terminar los sueños o finalmente agotarlos para poder dormir en paz. Sus padres lo visitaban mucho últimamente, y eso era algo de lo que no tenía con quién hablar; entonces el espacio vacío de su apartamento se convertía en su mejor compañía para hablar de ellos y darles un lugar en el que no dolieran tanto.
A la mañana siguiente revisó su correo una vez más, y finalmente vio la respuesta de Andrés, quien le envió los datos de una persona que trabajaba en Medicina Legal y podía conseguirle información sobre los cuerpos encontrados. ‘Te lo doy porque también creo que vale la pena perseguirlo, pero tú tienes más huevas que yo. Ella sí o sí tiene que ayudarte, ella sabe por qué. Borra este mensaje y ten cuidado’.
Alberto sabía que Andrés era la única persona en su vida, aparte de su tío, que entendía su cabeza y el por qué esto era importante para él. Su amistad parecía un arroyo que mantenía la calma, y que de vez en cuando perdía el control antes de volver a su estado natural, en el que todas sus especies coexisten sin problemas. También sabía que él mismo era casi siempre el desastre natural. Las disculpas pocas veces existían para Alberto, y solo en dos ocasiones anteriores había sentido la necesidad de pedir perdón. Hoy no era una de esas.
—No voy al bar, para que no insistas —le dijo Alberto a Andrés en la mesa en la que ambos almorzaban.
—Lo imaginé. ¿Pero seguro te va a atender?
—Sí, la llamé antes de salir de mi casa esta mañana y me dijo que nos veíamos a las cinco en una panadería por la once. Que te lo debía pero que teníamos que tener mucho cuidado.
—Te dije... ¿Vas a salir antes?
—Sí —Alberto no titubeó—, no me importa.
Andrés agachó la mirada a su comida y suspiró profundo.
—Te vas a ganar un problema, y ahora no te conviene —Andrés seguía sin mirarlo. Su voz preocupada.
—No va a pasar nada, hazte el bobo y no sabes nada.
Andrés no pudo evitar sonreír un poco, cuidando que Alberto no se diera cuenta.
—Ahora entrego todo temprano y me invento cualquier cosa. ¿Cómo siguió tu esposa? —Alberto pocas veces preguntaba por temas personales y menos en el trabajo, pero en ese momento sintió que era lo correcto.
—La culpa debe ser pesada... —lo volteó a ver y sonrió levemente, esta vez dejando que Alberto se diera cuenta— Está mejor, quiere que te invite a la casa en estos días.
El silencio que vino de Alberto no era más que una confirmación de lo incómodo que le resultaban estos momentos con Andrés y su esposa, en los que se sentía levemente vulnerable, y eso no era común. Sabía que iba a aceptar, solo no sabía cómo decirlo, y mientras tanto buscaba una excusa perfecta para que su respuesta no sonara como algo escrito en piedra, no porque no quisiera cumplirla, sino porque no quería que significara una obligación para Andrés.
—Déjame salir del tema del ascenso, y de este asesino que ya me tiene la cabeza loca, y así les cuento en qué termina todo —fue lo que finalmente dijo Alberto.
—Cuando quieras —dijo Andrés, sin querer presionar más.— Llévate el teléfono cargado esta tarde, y te llamo solo si es algo urgente acá.
—Gracias —fue lo único que pudo decir Alberto.
A las cuatro de la tarde, y bajo todo pronóstico, Alberto estaba desocupado y listo para irse. Le pidió a Andrés que mandara el último correo desde su computador a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, así la ventana de riesgo era lo más reducida posible sin parecer tan premeditada. En la cara de Andrés estaba sembrada la duda, aunque era consciente de su propia mano en lo que Alberto iba a hacer. No era la primera vez que intentaba hacer algo relativamente riesgoso, ni tampoco era una novedad que le hubiera ayudado; pero antes se había sentido más como un juego que no interfería con su trabajo, y Andrés seguía reglas para poder hacer lo que quisiera cuando estas ya no le aplicaban.
El cielo estaba despejado, pero había una nube negra que rondaba a Alberto. Tanta incertidumbre parecía nublar su vista, y sus movimientos automáticos eran un reflejo de la búsqueda en la que se encontraba: la de un asesino que nadie veía pero del que tenían que estar alertas, ese que se lleva toda una vida por delante y no pregunta cuándo ni dónde.
Le costó cerca de diez minutos poder dar con una mesa desocupada en la panadería, y agradeció el tiempo extra que tenía por haber llegado antes. La mesera le ofreció amasijos, y lo mejor que pudo hacer Alberto fue aceptarlos para que el encuentro pareciera lo más casual posible.
Pasaron más de veinte minutos y los amasijos ya estaban fríos. Finalmente entró a la panadería una mujer de cabello rizado oscuro, con ropa en su mayoría de cuero, y unos botines más altos de los que parecía poder manejar.
—¿Alberto? —dijo la mujer quien vio cómo el hombre la miraba detenidamente.
—Sí, soy yo. Adelante. —Alberto le ofreció la mano, y la mujer le dio la suya.
—Ingrid. Que pena hacerlo esperar, pero llegó alguien que se suponía iba más temprano a reconocer un cuerpo y usted sabe, tampoco puedo jugar con los sentimientos de las personas.
Alberto estaba intrigado, era la primera vez que tenía contacto con alguien que trabajara en Medicina Legal y por ende lidiara con los cuerpos de los fallecidos.
—No se preocupe. ¿Está segura de que acá podemos hablar tranquilos? —Alberto miraba alrededor con intriga y unos nervios diferentes, no de los que hacen temblar sino de los que alejan el calor del cuerpo.
—Sí, sí. Relájese que acá me conocen los dueños y ellos están pendientes.
Ingrid pellizcó varios de los amasijos mientras Alberto sacaba su agenda y dejaba todo listo en su lado de la mesa.
—¿Cuándo fue la primera vez que escuchó sobre el asesino? —Alberto quiso comenzar con una pregunta sencilla, que lo ubicara temporalmente.
—Ha... Hace una semana. —Ingrid se aclaró la garganta y siguió comiendo pellizcos de masa.
—¿Y quién era?
La mujer miró al mostrador rápidamente. Alberto se dio cuenta y pensó que la fachada que le había presentado al llegar no era del todo cierta.
—Era una chica de... diecinueve años.
—¿Y se sabe exactamente cómo murió?
—No sé si...
Alberto entendió, ella estaba allí pero no le iba a dar la información sin presionarla un poco.
—Mire, yo sé que esto no es lo más legal o correcto, pero solo quiero ayudar a encontrar a esta persona porque pareciera que a casi nadie le importa.
Ingrid vio la libreta de Alberto, llena de letra desordenada y no lograba entender nada de lo que estaba ahí escrito. Se rascó la cabeza y se acomodó nuevamente en la silla.
—Además Andrés me dijo que sí o sí me tenía que ayudar.
Ingrid abrió los ojos y tuvo que agarrarse las manos.
—No puede venderme con esto, por favor. Se lo pido.
—Se lo juro, nadie aparte de Andrés y de mí va a saber sobre esta reunión.
La mujer se metió otro pedazo de amasijo a la boca.
—La chica tenía una herida profunda en el cuello y luego recibió una puñalada directa al corazón. Aunque ya había fallecido, su cuerpo perdió mucha sangre mientras hicieron el levantamiento. Ahí pensamos que se trataba de un crimen pasional.
—¿Por qué lo dice?
—A ver, mis compañeros y yo no somos investigadores... ¿Pero qué más puede uno pensar de eso si además la víctima llegó con todas sus pertenencias? Hasta plata en la billetera tenía.
—Ya. Tiene sentido.
Ambos se quedaron callados por un momento. Alberto tenía que calibrar, esto no era como una de las entrevistas que solía hacer en el periódico, en las que el ego de las personas las hacía hablar más de la cuenta.
—¿Sabe de otras víctimas?
—¿Qué le dijo Andrés propiamente?
Alberto no estaba esperando que Ingrid le respondiera con otra pregunta, una que lo colocara en jaque. Tuvo que improvisar.
—Si yo no le digo que todo fue bien hoy, dijo que usted sabe lo que pasa.
¿Qué era esto? ¿Había ido muy lejos? Se sentía tranquilo, como si ahora la hubiera puesto en jaque mate y lo único que podía pasar ahora era ganar. Ingrid cerró los ojos y respiró profundo.
—Tres días después llegó otro cuerpo, el de un hombre de cincuenta y cinco años con las mismas heridas, no exactamente iguales en longitud. Y pues ahí ya no podemos pensar que se trata de algo pasional, pero sí que fue el mismo asesino. Porque esto es un hombre, se requiere una fuerza específica para general heridas así en tan corto tiempo y que por ende sean tan fulminantes.
Los garabatos de Alberto en la agenda sólo seguían teniendo sentido para él, y le permitían seguir la historia de una forma más efectiva, sin quitarle los ojos de encima a su entrevistada. Su grabadora, por supuesto, estaba grabando en el bolsillo frontal del saco.
—¿Y sabe algo del asesino? —preguntó Alberto luego de que Ingrid hubiera quedado en silencio y se hubiera dedicado a comer como un pájaro.
—¿No le he dicho ya suficiente? Dígame yo qué gano aparte de que Andrés no hable.
Alberto no lo podía creer, esta señora quería dinero.
—¿No le parece suficiente el poder parar toda esta mierda con este asesino?
—Claro que sí, pero usted viene acá amenazándome y esto me puede acabar la carrera, la vida entera.
—Mire, yo lo único que puedo asegurarle es que quiero ayudar a que alguien encuentre a ese tipo, y que las preguntas que le hago no son para publicarlas en ningún lado sino para poder acercarme a la verdad. Es su decisión.
Ingrid se levantó de la mesa y regresó después de unos segundos con otro plato lleno de amasijos que comenzó a pellizcar tan pronto se sentó en la mesa.
—Júreme que nada de lo que le he dicho hoy va a salir de acá.
Sin dudarlo, Alberto levantó su mano como quien está en un juicio y juró.
—Esto es todo lo que sé... Las autoridades por ahora no quieren ponerle mucho cuidado a perseguir a este tipo con todo lo de la bomba. Lo único que hemos logrado escuchar nosotros es de los testigos que vieron al tipo y que estuvieron en Medicina Legal para hablar con los familiares. La policía supuestamente los entrevistó. Ellos dicen que es una persona de estatura promedio pero que no se le ve casi nada del cuerpo porque está tapado, y aunque no pueden asegurar que es hombre, dicen que no se ve propiamente como una mujer tampoco. Y ya le dije, estamos seguros de que es un tipo que está loco. Nadie por parte de las dos familias de las víctimas conoce a la otra, y aunque los ataques sucedieron no muy lejos el uno del otro, no hay algo que por ahora los conecte. La única conexión que existe es el modus operandi del tipo: cerca a la media noche, causando las heridas contundentes que le dije, y esfumándose apenas mata. Los ataques los ha hecho cerca a las esquinas, y cuando sale corriendo se mete entre las cuadras y no lo vuelven a ver.
El teléfono de Alberto comenzó a sonar, y sin siquiera ver quién era, terminó la llamada para que no lo interrumpiera.
—¿Por dónde han sido los ataques?
—Por Engativá. Los que fueron a Medicina Legal dijeron que parecía como si estuviera vestido con bolsas de basura o algo parecido.
El teléfono de Alberto sonaba nuevamente.
—¿Si sabe algo más, me puede llamar? Yo sé que es pedir mucho, pero aquí está mi teléfono. De mi boca no sale nada.
Ella se rió por lo absurdo de la petición.
—Andrés debe deberle algo muy grande.
—Y usted a él también.
Ingrid respiró profundo.
—No me vaya a meter en problemas.
El teléfono volvió a sonar.
—Me tengo que ir, tranquila que yo dejo pagando todo. Cuídese.
Alberto se levantó de la mesa sin que Ingrid pudiera contestar y dejó dinero encima del mostrador. El teléfono en su saco no dejaba de sonar y cuando salió a la calle se mezcló con el sonido de la ciudad, esa que lo inquietaba y a veces lo volvía loco. No sabía a quién debía buscar, o a quién decirle lo que acababa de averiguar, porque no tenía pies ni cabeza, y tampoco quería untar a Andrés, suficiente con lo que había hecho. Solo sabía que debía irse al periódico y convencer a su jefe de que le dejara perseguir esta noticia sin muchos detalles.
