Era una noche fría, como era usual en la ciudad que no es de nadie pero que sigue albergando a todo el que así lo quiera. El sonido del viento se filtraba por los espacios entre los vidrios; y las estrellas estaban ocultas, haciendo que los postes de luz brillaran aún más fuerte. En varios puntos de la ciudad llovía, y desde la ventana de su apartamento —dos cuadras arriba de la Carrera Séptima, subiendo las montañas— lograba ver el viento moviendo los árboles, como anunciando la llegada del agua a su barrio.
Alberto sabía bien que le esperaba una noche de esas que parecen no querer darle paso al amanecer. Su tarea era revisar el historial de llamadas de Humberto durante el último mes. Humberto era esposo de una mujer de la alta alcurnia, quien buscaba una confirmación de que él tenía una amante en su trabajo, porque “una corazonada” se lo decía. Era su última oportunidad, o al menos así lo veía él, para demostrarle a su jefe que valía la pena y podía levantar del suelo los platos rotos.
Se sirvió un tinto cargado, que no pudo arreglar con más azúcar porque hace días no había en su alacena. Salir a comprarla seguía sin ser una opción, aunque hubiera salido todos los días esa semana a trabajar. Soplando el tinto, encendió la lámpara del escritorio que daba contra el ventanal, creando las condiciones perfectas para soportar el peso de los celos o la infidelidad de alguien que no conocía. Su escritorio estaba lleno de agendas y papeles, y en el suelo había cajas abiertas, repletas de más papeles y desastres de otras personas que, como aquella noche, debían importarle.
Pasó más de una hora viendo números repetidos para hacer relaciones entre estos, teniendo en cuenta las duraciones de cada llamada mientras memorizaba y repasaba bloques de números constantemente —como quien necesita aprenderse la letra de una canción. Entonces sus ojos comenzaron a mezclarlos, y los registros aún no alcanzaban la mitad de las hojas que tenía.
Mientras preparaba otra taza de tinto, su celular sonó anunciando la llamada de un número oculto. Su número no era el mismo de hace un año, y solo tres personas aparte de su jefe tenían acceso a él. Finalmente decidió contestar, fue automático para poder dejar de pensar en las posibilidades.
Al inicio lo único que pudo escuchar fue el sonido inquietante de la estática, hasta que alguien habló y se dirigió a él por su nombre.
—¿A-Alberto? —la voz era ronca, y con un volumen bajo pero que retrataba a una persona alterada.
Al hombre al otro lado de la línea se le cortaba la respiración muchas veces y parecía que intentaba no hacer mucho ruido. Alberto le preguntó si estaba en peligro, a lo que el hombre contestó que no, pero Alberto siempre creyó que en efecto, lo estaba.
Después de varios segundos en los que ninguno de los dos pronunció una sola palabra, el hombre por fin habló nuevamente.
—Una mujer matando hombres. Fuera de Bogotá. Recuerde la hora.
11:38 PM.
La llamada terminó, y no porque Alberto así lo hubiera querido. Cuando intentó contactar al hombre nuevamente, la llamada se desconectaba de inmediato sin mostrar un solo número.
Nadie tenía por qué saber a qué se dedicaba, ni mucho menos tener acceso a ese número con la casualidad de que lo contactaran para un caso, o al menos lo que parecía ser uno. Sin embargo, y sin importar que pusiera en juego su identidad, la curiosidad no lo dejaba omitir lo que acababa de escuchar, aunque también en el fondo barajara la idea de que podía ser una trampa.
Alberto sabía que esa noche no tenía el espacio mental que merecía aquella llamada, por lo que apagó el celular y siguió inmerso en los registros de Humberto. No importaba si su jefe lo necesitaba y decidía llamarlo, esto al final era más importante antes de que saliera nuevamente el sol. La lluvia finalmente alcanzó su ventana, por lo que tuvo que amarrar la manija con el pedazo de cuerda para evitar que entrara el agua, y cinco horas después, habiendo terminado su trabajo, pudo irse a dormir sin que la llamada cruzara su cabeza una vez más.
Al día siguiente, después de entregar el reporte a su jefe —en el que demostraba que en efecto había un patrón entre cinco números telefónicos en sus primeros seis dígitos— y recibir otra torre de papeles con registros para confirmar todo, Alberto se encerró en su pequeña oficina, ordenada a la perfección dentro de la acumulación de trastos y papeles. Al encender su computador, que tardaba más de cinco minutos en arrancar, lo primero que encontró fue un mensaje cifrado, de lo que claramente era una dirección de correo aleatoria que podía identificar: [email protected]. Necesitaba una contraseña, y recordó lo que le dijo el hombre la noche anterior sobre la hora. Introdujo varias veces la hora en distintos formatos, hasta que dio con el que era, horario militar. El mensaje decía:
Julio Santamaría es muy importante en este país, lo sabe. Todos necesitan que se haga justicia. Un General sabe lo que hace con usted. Que nuestro sacrificio no sea en vano.
¿Qué era esto? ¿Cómo podía estar involucrada la familia Santamaría en algo así? Le tomó varios segundos atar los cabos, y entender que con un General se refería al General García, con quien no tenía contacto desde antes de haber entrado al periódico y quien no lo había buscado después de salir de allí. Alberto imprimió el correo y borró el mensaje, al igual que el registro de la llamada oculta de la noche anterior. Algo le decía en su cabeza que no podía arriesgarse a dejar rastros que se pudieran localizar, al menos hasta no tener más información.
Ya no había vuelta atrás para lo que iba a hacer: una llamada que había evitado por semanas por otros motivos, pero que no podía seguir dejando a un lado. Lo necesitaba.
—No me cuelgues, por favor. Ya sé que no debería llamarte, pero no lo estaría haciendo si no fuera urgente.
Alberto tenía su mirada fija en su mano, que no dejaba de golpear la mesa del escritorio. La respiración del otro hombre era fuerte, y un suspiro finalmente terminó con el silencio.
—Dime —el tono de voz era tosco, con cierta resignación.
Alberto cerró los ojos, y se encontró de nuevo en aquella calle de noche, la última vez que había hablado con Mario. Había sentido que el latido de su corazón le iba a atravesar la garganta y vomitaría su alma entera por la boca, esa que había gritado hasta el cansancio por él, mientras imaginaba que no lo volvería a ver sino a través de su memoria. Alberto lo veía lleno de sangre, implorando por la ambulancia, y pidiendo que no se volviera a meter con ella, mientras lloraba contra su pecho. Su mano lo sujetaba del cuello y recorría parte de su cabello con el pulgar, tan suave como podía.
—Necesito que me ayudes a encontrar a Julio Santamaría.
